Opinión pública

El abogado de oficio me ordenó sin pestañear: “Se tú misma”. Y tuve que rebuscar entre mis recuerdos para acabar convirtiéndome en aquello que había aprendido de ellos.

Me acomodé en el banquillo de los acusados sin demasiadas esperanzas de salir ilesa. Los ideales por los que había luchado hacía años se verían truncados y acabaría perdiendo la confianza en mí.

La última prueba del fiscal fue una fotografía impresa en color. En ella vi en mí a una desconocida. Los años me habían cambiado el rostro, pero no cabía lugar a duda: era yo. Reía mientras contemplaba cómo llevaban al cadalso al último candidato a los premios Marie Curie. Eran otros tiempos. Hacía falta mano de obra barata y no nos podíamos permitir perder el tiempo estudiando, ni mucho menos investigando. Creíamos que ya todo estaba inventado.

¿Por qué reía?, me preguntó la fastidiosa mosquita con su lengua veloz. Y no supe responderle. Acto seguido, escogí entre las posibles razones y me escudé en los comportamientos ajenos. Lástima que se tratara de un selfie, pensé.

“Mal de muchos, consuelo de tontos”, me rebatió. Miró a los asistentes. A continuación, sus carcajadas me revelaron el veredicto: culpable.