Películas

Las luces están apagadas y nadie mira el móvil. Es una sensación nueva para mí. Nunca había estado antes en un cine. La abuela me dijo que me llevaría cuando se encontrara mejor. Me explicaba que allí podría ver las princesas de los cuentos de hadas que me contaba. Yo les preguntaba a ella y a mi abuelo que me explicarán que hacían cuando iban al cine los sábados, antes de que ella enfermara. No recuerdo que me contaban. ¡Qué bien! ¡Veremos Mary Poppins! Con la abuela cantábamos Supercalifragilistico espialidoso es una palabra de poder maravilloso y reíamos juntas. A mí me costó mucho aprender a decirlo. ¿Ya se ha acabado? ¡Oh! ¡Qué decepción! Me pensaba que ya había empezado la película, que vería por fin Mary Poppins, pero papa me cuenta que lo que he visto es un tráiler de otra. La pantalla es muchísimo más grande que la del televisor. Sentada en una de las butacas, me encuentro pequeña. Me he sentado al lado de Noa. Ella es mayor, muy guapa y lleva las uñas pintadas de rosa fucsia. Ya tiene nueve años, casi dos años más que yo. No quería venir con nosotros. Pero sus papas y los nuestros son muy amigos. La película ya ha empezado: Ernest y Celestine. Cuentos de invierno. ¿Un oso y una rata presumida? ¿No hay princesas? ¿La abuela Núria me engaño? ¡Qué rabia me da! Los ojos se me llenan de lágrimas, pero no quiero llorar. No quiero parecer una niña pequeña con Noa, pero ella se da cuenta. ¿Qué te pasa Ana?, me pregunta flojito al oído. Yo, yo quería ver Mary Poppins, le digo medio avergonzada. Entonces deja de hablarme como a una niña. Me explica, muy enfadada, que es la única de la clase a la que no la han llevado a verla. Nos regañan y nos chantajean que no van a llevarnos nada los Reyes Magos. Noa y yo nos miramos, sonreímos y callamos. En la gran pantalla aparecen letras. No entiendo nada. ¡Si acaba de empezar! Inmediatamente empieza otra historia. Un oso pierde una tecla del acordeón y los ratoncitos le hablan de un misterioso ratoncito verde que se lleva los objetos y vive en el bosque. Me recuerda cuando me creía que el ratoncito Pérez me llevaba regalos. La abuela siempre me traía mis regalos preferidos. Ella jamás sabrá que yo ya sé la verdad. Me lo chivateó hace poco Noa. Lloré mucho y me enfadé con ella, pero también con los papas y la abuela por decir mentiras. Pero hoy, cuando me ha caído otro diente, me hubiera gustado creer en ello y que la abuela me hubiera podido hacer otro regalo. Seguro que ella me hubiera llevado a ver Mary Poppins. La película me aburre. Ahora el oso y los ratones bailan al ritmo del acordeón. La música me gusta y la sigo con la cabeza. Pero vuelven a salir letras y empieza otro cuento. Vuelvo a perder el interés y me pongo triste. La música ha acabado. Mi abuela ya no volverá a explicarme cuentos. Ya nadie a quien no conozca me regalará nada. Noa ha sacado el móvil del bolsillo del anorak y empieza a jugar de escondidas de los papas. Yo la veo jugar. Ella se da cuenta. Shh, me susurra como si fuéramos amigas. ¡Qué chulo!, le digo. En verano, cuando cumpla los años a mí también me han prometido regalarme uno. Yo también quiero ser mayor, tener móvil e ir con mis amigas los sábados por la tarde. Noa esconde el móvil. Ha hecho tarde. Los papas de Noa lo han visto y creo que están muy disgustados con nosotras. Aparecen en pantalla otra vez letras. Un montón de nombres. No llego a leerlos todos. Mama me explica que se llaman créditos y que aparecen cuando acaban las películas en el cine. Papa me pregunta si me ha gustado.  Es para niños pequeños y yo ya no lo soy, le respondo.