Un antes y un después

De joven, recorrió  los sitios más bellos del planeta, gozó de los placeres mundanos, conoció a sus maridos, crió a sus hijos y disfrutó de charlas apasionadas con sus amistades.

Envejeció.

Perdió buena parte de sus facultades. La soledad se interpuso en su camino y se olvidó de los acontecimientos recientes.

De vieja, postrada en su butaca,  se adentró a los lugares más recónditos de su mente para recordar la belleza del amor olvidado y revivir las imágenes, los sonidos y sabores disfrutados. Y así, no murió sola.