Una visita a la Esperanza

Me veo ese atardecer en sus ojos, casi transparentes, y me doy cuenta que me reconoce. Yo no le sostengo la mirada, avergonzada, pero sonrío aligerada por dentro.

La recuerdo cambiada. Ya no lleva esos tejanos cortos enseñando las nalgas, ni aquellos tops minúsculos de los que sobresalían unos pechos firmes y sinuosos en un cuerpo adolescente. Sin embargo, continúa siendo esa belleza fría que se vende a bajo precio. Esta vez, pero, me alegro por ella.

Hoy hemos ido al pueblo, en casa de una tía abuela, en casa de Esperanza. Sus hijos, los primos de mi madre, nos han alertado que la tía está perdiendo las facultades a marchas forzadas y han decidido coger a una mujer para que no se sienta tan sola y le ayude con las tareas domésticas. La chica no tardará nada en dejar de ir tan solo a fregar y quedarse a dormir en casa de Esperanza para cuidarla. «Esta chiquilla nos cuesta un dineral, pero sabemos que es de confianza. Además, al no tener papeles, tampoco nos hace falta darle de alta…», nos hará saber el primo de nuestra madre por Nochebuena. «Pobrecilla. Tan guapa y joven y cuidando de abuelas», le rebatirá nuestra madre.

Hoy, pero, aun no lo sabremos. Cuando lleguemos la encontraremos cortándole las uñas del pie a Esperanza. Nos abrirán los primos de mi madre y nos acompañarán hasta la sala de estar para poder despedirnos de la tía antes que deje de conocernos. Y allí estará ella. De cuclillas. Trabajando. Esforzándose. Concentrada en no hacerle daño, mientras la tía se queja y manda. Luce una melena lisa y de color castaño, chocolate, con una cola mal hecha y alta que le arrincona, incluso, el flequillo largo que le caería en la cara. Y es cuando ella se gira y me ve que noto la culpa clavada.

Hace cosa de unos seis años la veía todos los días cuando cogía la rotonda para ir a Mataró. A un lado de la carretera exponía sus encantos junto con otra chica alta y rubia, pero no tan deslumbrante como ella. A los chicos del grupo les caía la baba cada vez que pasaban delante de ella. Todos se la habían tirado. Experimentaban con ella lo que les apetecía. No era cara. Por guapa que fuera, no dejaba de ser una puta de carretera. Y nosotras, las chicas, nos reíamos del incidente que tuvo con Ricardo cuando se le escapo un pedo. No dejaba de ser nuestro bufón.

Un día desapareció. Fue unos días después de verla, aquel atardecer, subir a un coche a la fuerza, y yo hacer ver que no me daba cuenta mientras ella me suplicaba ayuda con la mirada. No se lo expliqué a nadie. Me sentía culpable. Sobre todo después de estremecerme al ver Promesas del Este con Ricardo y evitar hacer algún comentario al respeto al acabar la película.

Por eso, hoy, cuando nuestra madre nos ha preguntado que nos ha parecido la chica que habían cogido y mi hermano pequeño ha escrito «precioSA» en el cristal de atrás empañado de vaho y me ha buscado para reírnos juntos, yo lo he cortado para decir: «Valiosa, una mujer valiosa.» Y, pobre de mí, me he sentido valiente.

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