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Truco i res. És un egoista. Mai no pots fiar-te’n. Mai. Gens ni mica. Fa trenta minuts que hauria hagut d’arribar. Trenta! Sempre he sigut de massa bona pasta. Mira que creure-me’l… Només li he demanat que fos puntual. Només això! Fa tres mesos que tinc revisió. No m’agrada arribar tard. Fos la metgessa aquella, la de la seguretat social, encara, li passava. M’acompanyaràs aquesta tarda al metge, Vicenç? Se li hauria d’haver acudit a ell, oi? Doncs no.  I a sobre, mʼhi posa pegues. Increïble! Ell volia anar a pintar el mar. Relaxar-se. Finalment, he claudicat. Ara, li he fet prometre que seria puntual. Ho ha sigut? No. Que ingènua! Una bona fe, soc. Si no fa res! A casa, mano jo. Quan ve la Quely, igual. M’encarrego jo de tot. A la lluna de València, és on ell és sempre. Ara, deu fer cosa de dos anys, se les dona d’artista.  Si no el coneixen ni a casa seva…, i t’ho dic jo, que en soc la dona i fa gairebé quaranta anys, que estic amb ell. Quan ens vam conèixer, em feia gràcia. Sí, s’ha de reconèixer. L’artista. El geni no reconegut. Amb vint-i-pocs, encara. Ara ja no toca! Jubilat i amb la síndrome de Peter Pan.  Només li falta fixar-se en noietes.  Encara que no crec que se li aixequés així com així. Només pensa en la pintura. Per ell,  trempa és únicament i exclusivament el que es fa servir per pintar. Sí, molt trist. Tan fogós que era de jove… L’altre dia, vaig haver de ser jo i tot. Que fort! Com ens hem de veure, a aquestes edats. A més, ara se les dona d’intel·lectual amb els amics. Cada dos per tres queden per anar a prendre vins. Per l’únic  que ha servit ha sigut per guanyar quartos. Sempre ha sigut un desastre per a la resta. Doncs, de tant en tant, m’explica que s’ajunten uns quants i se’n van al local que té un. A mi no mʼhi convida, però ni falta que em fa.  No em vol ensenyar els quadres? M’és igual, la veritat. Es creu Van Gogh, el pobre!

Ara que l’han jubilat estarem més junts; això, això és el que em pensava. No ha estat així. Ni de bon tros. Tot el dia a l’estudi pintant. Sol com un mussol. I jo, sola a casa. Els nens no hi són. Jo m’avorreixo com una ostra. Ara que ha marxat la petita, estic ben sola. Sort de les amigues. La Mercè i les del txikung no m’han fallat mai. Amb elles sʼhi pot parlar de tot. Amb elles sí que hi converso. Amb ell, poc queda per dir-nos. És ben trist. En realitat, em sentia millor quan estava a l’empresa. Com a mínim, era productiu. Encara em tocarà trucar-li. Va, li truco.  M’ha penjat? No, no ho entenc. Hi insisteixo! No estic per a bromes de mal gust. ¿El número marcado no corresponde a ningún usuario?

Continuarà?

Me quedé dormido hilvanando constelaciones. A la luz de la luna, tú y yo, tumbados en la arena de la playa, creí conocerte y poder coser juntos una vida en común. Pero los rayos de sol agujerearon mi sueño: volví a despertarme solo y con mal sabor de boca.
Intenté rehacerme, pero el agua me salpicó, las olas llegaron a mí y me mostraron el mar infinito. Me desvestí, me despojé de todo y nadé hasta el fin.

Ella adoraba su sensibilidad oculta bajo una pátina de acero azul.

—Podríamos ser padres.

—¿Por qué?

—Yo me esfuerzo en ser buena persona y tú lo eres.

—¿Lo consigues?

—Soy constante y un poco obsesiva.

—Entonces, a nuestros hijos no les haríamos ningún bien. Te olvidabas de que yo también soy responsable y tú siempre has sido egoísta.

Él continuó pintando paisajes con su cámara réflex y en los viajes encontró a quien debía ser su mujer, quien de verdad lo quería por ser lo que él quería ser.

Tan misteriosamente como apareció se cierra su entrada. Se refugia en su concha.

Levanto la vista y veo charlando a mamá. Le tiro de la manga del jersey, con todas mis fuerzas, para llamar su atención.

Baja la vista y le digo: «cagacol». Siguen hablando. No me hacen ningún caso. Pienso en cómo decirlo bien y me sale: «caracol». Me aplauden y consigo otra cara sonriente en el dorso de mi mano.

Corro para enseñárselo a papá.

«Comienzan a acumularse en la superficie del planeta conocimientos innecesarios», me dijo, justificándose, por abandonar el doctorado en burbujas de jabón hechas por mendigos en los parques públicos. Y se apresuró a encontrar trabajo. Se las ingenió para llegar a fin de mes y para oírme suspirar todas las  noches a su lado. A pesar de ello, no pudo evitar ver deshincharse mi amor por él.

Acercándose un poquito más al borde del barranco dónde se esconde, ahí, está un cangrejo. ¿Tú no lo has visto, princesa? En aquellos tiempos, yo, también, me creía invencible por atreverme a jugar en el agua helada del río.

¿En los ríos había cangrejos,mama?

Las luces están apagadas y nadie mira el móvil. Es una sensación nueva para mí. Nunca había estado en un cine. La abuela me dijo que me llevaría cuando se encontrara mejor. Me explicaba que allí podría ver a las princesas de los cuentos de hadas que me contaba. Yo les preguntaba a ella y a mi abuelo que me explicaran qué hacían cuando iban al cine los sábados, antes de que ella enfermara. No recuerdo qué me contaban. ¡Qué bien! ¡Veremos Mary Poppins! Con la abuela cantábamos «Supercalifragilisticoespialidoso es una palabra de poder maravilloso» y nos reíamos juntas. A mí me costó mucho aprender a decirlo. ¿Ya ha terminado? ¡Oh! ¡Qué decepción! Creía que ya había empezado la película, que vería por fin Mary Poppins, pero papá me cuenta que lo que he visto es un tráiler de otra. La pantalla es muchísimo más grande que la del televisor. Sentada en una de las butacas, me encuentro pequeña. Me he sentado al lado de Noa. Ella es mayor, muy guapa, y lleva las uñas pintadas de rosa fucsia. Ya tiene nueve años, casi dos más que yo. No quería venir con nosotros. Pero sus papás y los nuestros son muy amigos. La película ya ha empezado: Ernest y Celestine. Cuentos de invierno. ¿Un oso y una rata presumida? ¿No hay princesas? ¿La abuela Núria me engañó? ¡Qué rabia me da! Los ojos se me llenan de lágrimas, pero no quiero llorar. No quiero parecer una niña pequeña con Noa, pero ella se da cuenta. ¿Qué te pasa, Ana?, me pregunta flojito al oído. Yo, yo quería ver Mary Poppins, le digo medio avergonzada. Entonces deja de hablarme como a una niña. Me explica, muy enfadada, que es la única de la clase a la que no la han llevado a verla. Nos regañan y nos chantajean que no van a llevarnos nada los Reyes Magos. Noa y yo nos miramos, sonreímos y callamos. En la gran pantalla aparecen letras. No entiendo nada. ¡Si acaba de empezar! Inmediatamente empieza otra historia. Un oso pierde una tecla del acordeón y los ratoncitos le hablan de un misterioso ratoncito verde que se lleva los objetos y vive en el bosque. Me recuerda cuando me creía que el ratoncito Pérez me llevaba regalos. La abuela siempre me traía mis regalos preferidos. Ella jamás sabrá que yo ya sé la verdad. Me lo chivateó hace poco Noa. Lloré mucho y me enfadé con ella, pero también con los papás y la abuela por decir mentiras. Pero hoy, cuando me ha caído otro diente, me hubiera gustado creer en ello y que la abuela me hubiera podido hacer otro regalo. Seguro que ella me hubiera llevado a ver Mary Poppins. La película me aburre. Ahora el oso y los ratones bailan al ritmo del acordeón. La música me gusta y la sigo con la cabeza. Pero vuelven a salir letras y empieza otro cuento. Vuelvo a perder el interés y me pongo triste. Se ha acabado la música. Mi abuela ya no volverá a explicarme cuentos. Ya nadie a quien no conozca me regalará nada. Noa se ha sacado el móvil del bolsillo del anorak y empieza a jugar a escondidas de los papás. Yo la veo jugar. Ella se da cuenta. Shh, me susurra como si fuéramos amigas. ¡Qué chulo!, le digo. En verano, cuando cumpla los años, a mí también me han prometido regalarme uno. Yo también quiero ser mayor, tener móvil e ir con mis amigas los sábados por la tarde. Noa esconde el móvil. Ha hecho tarde. Los papás de Noa lo han visto y creo que están muy disgustados con nosotras. Aparecen otra vez en pantalla letras. Un montón de nombres. No llego a leerlos todos. Mamá me explica que se llaman créditos y que aparecen cuando acaban las películas en el cine. Papá me pregunta si me ha gustado.  Es para niños pequeños y yo ya no lo soy, le respondo.

El abogado de oficio me ordenó sin pestañear: «Se tú misma». Y tuve que rebuscar entre mis recuerdos para acabar convirtiéndome en aquello que había aprendido de ellos.

Me acomodé en el banquillo de los acusados sin demasiadas esperanzas de salir ilesa. Los ideales por los que había luchado hacía años se verían truncados y acabaría perdiendo la confianza en mí.

La última prueba del fiscal fue una fotografía impresa en color: vi en mí a una desconocida. Los años me habían cambiado el rostro, pero no cabía lugar a duda: era yo. Reía mientras contemplaba cómo llevaban al cadalso al último candidato a los premios Marie Curie. Eran otros tiempos. Hacía falta mano de obra barata y no nos podíamos permitir perder el tiempo estudiando, ni mucho menos investigando. Creíamos que ya todo estaba inventado.

¿Por qué me reía?, me preguntó la fastidiosa mosquita con su lengua veloz. Y no supe responderle. Acto seguido, escogí entre las posibles razones y me escudé en los comportamientos ajenos. Lástima que se tratara de un selfi, pensé.

«Mal de muchos, consuelo de tontos», me rebatió. Miró a los asistentes. A continuación, sus carcajadas me revelaron el veredicto: culpable.

Em vaig descomptar dels cops que em va trucar.  Ni tan sols havia dormit la nit abans, em va dir. No podia parar de xerrar. Que si tenia algun problema? No, i ara. Tot al contrari: desbordava simpatia. Quan la vaig veure, estava més guapa que mai. S’havia arreglat molt. Tot el que duia era nou. Crec que, fins i tot, el pintallavis se l’havia comprat la tarda abans. Feia dies que es preparava perquè el dia del concert tot sortís rodó. I aquella nit estava preciosa. Desprenia felicitat. Vestida per triomfar, com deia ella. S’havia gastat més del que es podia pemetre. Ho sabia. Ho tenia clar. Tenia un propòsit: embolicar-se amb en Robert. Ella estava segura que aquella nit es compliria. Nosaltres ho vèiem difícil. Si no li havia fet cas durant tot el curs, era complicat que aquella nit n’hi fes. Però ella estava tan segura de si mateixa, tan convençuda que tot el que s’havia proposat es compliria, que no gosàvem dir-li res que la contradigués. A més, encara que li haguéssim dit, crec que ella no ens hauria escoltat. Que si era creguda? De normal, no. Però aquell dia, es creia que podria amb tot. Ens vam enfadar, sap? Sí. Parlava i parlava, però no escoltava. Que si s’havia pres res? No, no ho crec. No acostumava a fer-ho. Beure, sí. Estic segura que havia begut més del compte. Va estar ballant tota la nit. No tenia vergonya de res. Parlava amb tothom.

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