Para Elena Julieta

Microcuentos y cuentos con niños y niñas como protagonistas para personas adultas. Poesia infantil.

 

El primer beso

Acunándome me declaraste tu amor, mamá.

 

Mis primeras palabras

Tan misteriosamente como apareció se cierra su entrada. Se refugia en su concha.

Levanto la vista y veo charlando a mamá. Le tiro de la manga del jersey, con todas mis fuerzas, para llamar su atención.

Baja la vista y le digo: «cagacol». Siguen hablando. No me hacen ningún caso. Pienso en cómo decirlo bien y me sale: «caracol». Me aplauden y consigo otra cara sonriente en el dorso de mi mano.

Corro para enseñárselo a papá.

Recuerdos grabados

Acercándose un poquito más al borde del barranco donde se esconde, ahí, está un cangrejo. ¿Tú no lo has visto, princesa? En aquellos tiempos, yo también me creía invencible por atreverme a jugar en el agua helada del río.
¿En los ríos había cangrejos, mamá?

Películas

Las luces están apagadas y nadie mira el móvil. Es una sensación nueva para mí. Nunca había estado en un cine. La abuela me dijo que me llevaría cuando se encontrara mejor. Me explicaba que allí podría ver a las princesas de los cuentos de hadas que me contaba. Yo les preguntaba a ella y a mi abuelo que me explicaran qué hacían cuando iban al cine los sábados, antes de que ella enfermara. No recuerdo qué me contaban. ¡Qué bien! ¡Veremos Mary Poppins! Con la abuela cantábamos «Supercalifragilisticoespialidoso es una palabra de poder maravilloso» y nos reíamos juntas. A mí me costó mucho aprender a decirlo. ¿Ya ha terminado? ¡Oh! ¡Qué decepción! Creía que ya había empezado la película, que vería por fin Mary Poppins, pero papá me cuenta que lo que he visto es un tráiler de otra. La pantalla es muchísimo más grande que la del televisor. Sentada en una de las butacas, me encuentro pequeña. Me he sentado al lado de Noa. Ella es mayor, muy guapa, y lleva las uñas pintadas de rosa fucsia. Ya tiene nueve años, casi dos más que yo. No quería venir con nosotros. Pero sus papás y los nuestros son muy amigos. La película ya ha empezado: Ernest y Celestine. Cuentos de invierno. ¿Un oso y una rata presumida? ¿No hay princesas? ¿La abuela Núria me engañó? ¡Qué rabia me da! Los ojos se me llenan de lágrimas, pero no quiero llorar. No quiero parecer una niña pequeña con Noa, pero ella se da cuenta. ¿Qué te pasa, Ana?, me pregunta flojito al oído. Yo, yo quería ver Mary Poppins, le digo medio avergonzada. Entonces deja de hablarme como a una niña. Me explica, muy enfadada, que es la única de la clase a la que no la han llevado a verla. Nos regañan y nos chantajean que no van a llevarnos nada los Reyes Magos. Noa y yo nos miramos, sonreímos y callamos. En la gran pantalla aparecen letras. No entiendo nada. ¡Si acaba de empezar! Inmediatamente empieza otra historia. Un oso pierde una tecla del acordeón y los ratoncitos le hablan de un misterioso ratoncito verde que se lleva los objetos y vive en el bosque. Me recuerda cuando me creía que el ratoncito Pérez me llevaba regalos. La abuela siempre me traía mis regalos preferidos. Ella jamás sabrá que yo ya sé la verdad. Me lo chivateó hace poco Noa. Lloré mucho y me enfadé con ella, pero también con los papás y la abuela por decir mentiras. Pero hoy, cuando me ha caído otro diente, me hubiera gustado creer en ello y que la abuela me hubiera podido hacer otro regalo. Seguro que ella me hubiera llevado a ver Mary Poppins. La película me aburre. Ahora el oso y los ratones bailan al ritmo del acordeón. La música me gusta y la sigo con la cabeza. Pero vuelven a salir letras y empieza otro cuento. Vuelvo a perder el interés y me pongo triste. Se ha acabado la música. Mi abuela ya no volverá a explicarme cuentos. Ya nadie a quien no conozca me regalará nada. Noa se ha sacado el móvil del bolsillo del anorak y empieza a jugar a escondidas de los papás. Yo la veo jugar. Ella se da cuenta. Shh, me susurra como si fuéramos amigas. ¡Qué chulo!, le digo. En verano, cuando cumpla los años, a mí también me han prometido regalarme uno. Yo también quiero ser mayor, tener móvil e ir con mis amigas los sábados por la tarde. Noa esconde el móvil. Ha hecho tarde. Los papás de Noa lo han visto y creo que están muy disgustados con nosotras. Aparecen otra vez en pantalla letras. Un montón de nombres. No llego a leerlos todos. Mamá me explica que se llaman créditos y que aparecen cuando acaban las películas en el cine. Papá me pregunta si me ha gustado.  Es para niños pequeños y yo ya no lo soy, le respondo.

 

Els secrets de la cuina

La taula, de tan ben parada, fa entrar gana. No s’hi troba a faltar de res: plats, gots, ganivets, forquilles, culleres i una gerra plena d’aigua.
No hi ha ningú?
El llum de la làmpada blanca del sostre enfoca els plats buits, i un davantal oblidat s’abraça a una de les boniques cadires de fusta d’avet.
Dos metres més enllà, el foc dels fogons crema sota l’olla de porcellana esmaltada. El cullerot es belluga i les lletres ballen en el brou, seguint el ritme marcat pel tic-tac del rellotge de cuina.
Les vocals prenen la iniciativa i decideixen fer una coreografia, construint paraules petites. Saps quines?
Les consonants es deixen portar. Les imiten: s’uneixen i sumen, es desuneixen i es reinventen. Puc veure els mots com s’entrecreuen per contar-nos fantàstics relats, a les parets nues.
Vocables desordenats que es desconstrueixen, quan el brou vessa i embruta els fogons, davant la mirada amoïnada de l’àvia Núria, que acaba d’arribar a la cuina.
Apaga el foc.
Les bombolles es desinflen i les lletres dissimulen. Mentre l’àvia serveix amb orgull la carn d’olla i el brou, l’avi et convida a seure a la cadira d’avet que es troba al costat de la del pare.
Degustes el brou i amb la carn jugues. Et miro embadalida i et veig fer-te gran. Ja menges sola.
Els caràcters entremaliats decideixen fer una malifeta i convertir-se en paraules boniques que caben a la teva cullera, però que tu encara no llegeixes, Elena.

Quina vergonya!

Soc un bufó jersei Bordeus dʼangora,
que a cada volta mʼhe fet més i més petit.
Centrifugat per error en una rentadora,
mʼhan pres el pèl i mʼhe encongit.

Mʼhe jutjat i he perdut i, a més, he canviat de to:
mʼhe posat vermell i nʼhe sortit rosa. Que violent!
Del veredicte dels companys del calaix tinc por,
però toca passar el mal tràngol i seguir fent.